Buenas tardes, buenas noches, buena vida, lo que sea. Me presento: nací a finales del XX y soy universitaria, lo demás ya lo supondrán ustedes, ¿no? Soy el universitario medio de la España media que nos ha tocado vivir, con sus faltas de ortografía y sus ciegos semanales, drogas blandas incluidas, por supuesto. Soy el fruto de la LOE de cáscara blanda que se deja morder por cualquier cosa, desde los pantalones por las rodillas, calzón alto a juego, faltaría más, hasta el polito Hilfiger o la dilatación a la oreja, ideales aparte. ¿Para que tener ideales pudiendo tener ropa? Pertenezco a la generación que fundió a patadas la luz de la ilustración, el ideal de la universidad como foco y germen de todo conocimiento, de todo saber. Esa que nunca ha leído un libro más allá del bestseller de turno para quinceañeras con granos o de la obligación hecha resumen en rincóndelvago.com. Decidí, gracias a lo que me han obligado a llamar libertad, sentarme en un pupitre para escuchar a un tío decir que soy una ignorante, que siempre lo seré y que no hay solución. ¿Para que intentar enseñarme?, ¿para que intentar que aprenda cualquier cosa? Es demasiado tarde, no hay vuelta atrás, la play en lenguaje sms ha hecho estragos en mí: así que me quedé sentada sin decir nada, aceptando lo triste de la situación como cierto e inevitable. Sí, formo parte de aquellos que nunca entenderán lo sublime del Quijote, demasiadas horas de inmediatez televisiva juegan en mi contra. Y no, no puedo hacer nada, me toca resignarme y morir con la desidia, con el infortunio de haber nacido en 1991.
Sí, nacía a finales del XX y soy universitaria, ¿y saben lo que creo? (Porque sí, aunque ustedes no lo crean, somos capaces incluso de crear juicios de valor propio) Que deberían ustedes, antes de opinar, sentarse delante de uno de nosotros, post-hormonados con patas llenos de rastas, e intentar entablar una conversación al respecto del primer tema que se les ocurra. Quizá, y solo quizá, piensen ustedes otra cosa y, por lo menos, empezemos a tener nombres y apellidos.
martes, 28 de septiembre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
Letras ajenas
Por fortuna para nosotros, Dante no conoció el amor de Beatriz. Se limitó a imaginarlo.
La mejor literatura amorosa nace de la impotencia, de la misma forma que las grandes aventuras han sido creadas por autores gordinflones o de poca salud que no se movieron de la mesa camilla. Para escribir un buen libro de cocina es aconsejable tener una gastritis que te permita acercarte a ciertos platos sólo con la mente y no con el estómago. La armonía de los dioses de marmol que emerge de la belleza helénica se la inventó el poeta loco Hölderling en el desván del ebanista Zimmer de la brumosa Tubinga, donde permaceciórecluido durante muchos años hasta la muerte.Si Dante se hubiera casado con Beatriz, ambos tal vez habrían sido felices, pero nosotros nos hubiéramos quedado sin la Divina Comedia. Gracias a que Stevenson no fue un bucanero, sino un jóven de pulmones muy delicados, hoy podemos leer La isla del tesoro. Conrad comenzó a escribir del mar cuando se retiró de capitán de la Marina mercante, y ese camino de la melancolía es el que ha conducido a algunos amantes y aventureros a crear obras de arte. Cuando alguien experimenta con éxito el sexo, no tiene necesidad de escribirlo: a lo sumo, lo cuenta a los amigos en el bar, pero estos lances no le interesan a ningún editor. El aventurero tampoco encuentra tiempo para pasar al papel sus hazañas porque las está viviendo, y si uno se ha acostumbrado a comer bien, le basta con esperar una buena digestión sin más literatura. ¿Puede un borracho ser un buen enólogo? Sólo los ex alcohólicos tienen capacidad para dar aroma, cuerpo y profundidad al vino con el deseo o la memoria.
Todo esto está escrito para animar en un domingo de primavera a cuantos se sientan frustrados. Siempre es un consuelo pensar que Beethoven estaba sordo: de su silencio compacto extrajo la Novena sinfonía. ¿Se imaginan a Dante preguntando desde el gabinete: "Bea, ¿qué hay para cenar?".
Cualquiera es capaz de tener en sus brazos a Richard Geere o a la Binoche. Basta con no poder hacerlo jamás.
La mejor literatura amorosa nace de la impotencia, de la misma forma que las grandes aventuras han sido creadas por autores gordinflones o de poca salud que no se movieron de la mesa camilla. Para escribir un buen libro de cocina es aconsejable tener una gastritis que te permita acercarte a ciertos platos sólo con la mente y no con el estómago. La armonía de los dioses de marmol que emerge de la belleza helénica se la inventó el poeta loco Hölderling en el desván del ebanista Zimmer de la brumosa Tubinga, donde permaceciórecluido durante muchos años hasta la muerte.Si Dante se hubiera casado con Beatriz, ambos tal vez habrían sido felices, pero nosotros nos hubiéramos quedado sin la Divina Comedia. Gracias a que Stevenson no fue un bucanero, sino un jóven de pulmones muy delicados, hoy podemos leer La isla del tesoro. Conrad comenzó a escribir del mar cuando se retiró de capitán de la Marina mercante, y ese camino de la melancolía es el que ha conducido a algunos amantes y aventureros a crear obras de arte. Cuando alguien experimenta con éxito el sexo, no tiene necesidad de escribirlo: a lo sumo, lo cuenta a los amigos en el bar, pero estos lances no le interesan a ningún editor. El aventurero tampoco encuentra tiempo para pasar al papel sus hazañas porque las está viviendo, y si uno se ha acostumbrado a comer bien, le basta con esperar una buena digestión sin más literatura. ¿Puede un borracho ser un buen enólogo? Sólo los ex alcohólicos tienen capacidad para dar aroma, cuerpo y profundidad al vino con el deseo o la memoria.
Todo esto está escrito para animar en un domingo de primavera a cuantos se sientan frustrados. Siempre es un consuelo pensar que Beethoven estaba sordo: de su silencio compacto extrajo la Novena sinfonía. ¿Se imaginan a Dante preguntando desde el gabinete: "Bea, ¿qué hay para cenar?".
Cualquiera es capaz de tener en sus brazos a Richard Geere o a la Binoche. Basta con no poder hacerlo jamás.
Manuel Vincent
Etiquetas:
Juegos que pedí prestados sin permiso
viernes, 24 de septiembre de 2010
Perdóname
Perdóname por haber intentado convencerte antes de estar convencida yo.
Perdóname por hacer que te ilusionaras.
Perdóname por no aceptar un beso que te obligue a dar.
Perdóname por todas las sonrisas que forcé para agradarte, no quería hacerlo.
Perdóname por haber sido otra persona contigo, no lo merecías.
Perdóname por fingir que lo olvidé. Nunca lo hice.
Perdóname por todas las llamadas, por todos los mensajes. Perdóname por ir enamorándote poco a poco.
Perdóname por las tardes en tu sofá, y por las mañanas, sobretodo por las mañanas.
Perdóname por hacerte masajes, por acariciarte la pierna por debajo de la mesa, por fingir que todo aquello me atraía.
Perdóname tú para que yo también pueda hacerlo.
Perdóname tú para que pueda pedirme disculpas por haberme mentido a mi misma.
Lo siento cariño, y lo siento por mí.
Perdóname por hacer que te ilusionaras.
Perdóname por no aceptar un beso que te obligue a dar.
Perdóname por todas las sonrisas que forcé para agradarte, no quería hacerlo.
Perdóname por haber sido otra persona contigo, no lo merecías.
Perdóname por fingir que lo olvidé. Nunca lo hice.
Perdóname por todas las llamadas, por todos los mensajes. Perdóname por ir enamorándote poco a poco.
Perdóname por las tardes en tu sofá, y por las mañanas, sobretodo por las mañanas.
Perdóname por hacerte masajes, por acariciarte la pierna por debajo de la mesa, por fingir que todo aquello me atraía.
Perdóname tú para que yo también pueda hacerlo.
Perdóname tú para que pueda pedirme disculpas por haberme mentido a mi misma.
Lo siento cariño, y lo siento por mí.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Seis de la mañana
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La luz de las farolas se abría paso entre las rendijas de la persiana para llegar a una cortina blanca que amablemente la dejaría llegar hasta sus senos, tersos. Ella. Límpida, rubia, casi virginal. Ella. Recién follada, placidamente dormida, con un mechón de pelo despeinado cruzándole el cuello. La sábana azul recorría sus caderas anchas y huesudas para depositarse en su rodilla y dejar a la vista de los delgados rayos de luz todo su cuerpo. Ella: desnuda, ignorante, feliz.
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La ceniza del cigarro avanzaba con cada calada, con cada suspiro de resignación. Él. Desnudo, moreno, alto, masculino. La concreción perfecta del adjetivo guapo. Resignado, cubriendo timidamente su cuerpo desnudo, triste, melancólico. Su cara delataba el sentimiento de culpa que embriagaba todo su cuerpo y todo su ser. Su cara delataba que, Dios lo sabía, lo intentaba, intentaba dejar de pensar en su olor, en su cuerpo desnudo, en la pasión que derrochaban en el abandono de sus almas, en las caricias a escondidas, en los besos culpables y en la saliva prisionera de su secreto, inconfesable. Dios sabía que lo intentaba con todas sus fuerzas, pero eso daba igual, aquellos intentos conllevaban el más absoluto de los fracasos.
La miró fijamente. Preciosa. Perfecta. Todo lo que un hombre podría desear, joder. Pero no podía, no podía parar de pensar en sus ojos verdes, enormes, en su mandíbula ancha y en sus labios, carnosos, cortados por el frio, secos e increiblemente dulces. No, no podía dejar de pensar en él.
Seis de la mañana, de una mañana que siempre sería noche.
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La ceniza del cigarro avanzaba con cada calada, con cada suspiro de resignación. Él. Desnudo, moreno, alto, masculino. La concreción perfecta del adjetivo guapo. Resignado, cubriendo timidamente su cuerpo desnudo, triste, melancólico. Su cara delataba el sentimiento de culpa que embriagaba todo su cuerpo y todo su ser. Su cara delataba que, Dios lo sabía, lo intentaba, intentaba dejar de pensar en su olor, en su cuerpo desnudo, en la pasión que derrochaban en el abandono de sus almas, en las caricias a escondidas, en los besos culpables y en la saliva prisionera de su secreto, inconfesable. Dios sabía que lo intentaba con todas sus fuerzas, pero eso daba igual, aquellos intentos conllevaban el más absoluto de los fracasos.
La miró fijamente. Preciosa. Perfecta. Todo lo que un hombre podría desear, joder. Pero no podía, no podía parar de pensar en sus ojos verdes, enormes, en su mandíbula ancha y en sus labios, carnosos, cortados por el frio, secos e increiblemente dulces. No, no podía dejar de pensar en él.
Seis de la mañana, de una mañana que siempre sería noche.
Etiquetas:
Juguetes
lunes, 20 de septiembre de 2010
-No creas que va a ser tan fácil. Para quererme tienes que tener un par de huevos, y bien puestos.
Etiquetas:
Teléfonos
domingo, 19 de septiembre de 2010
Sí no puedes con tu enemigo, únete a él.
Señora Falsedad, vengo a ofrecerle mis más sinceras disculpas. Cómo lo oye y sí, se que no se lo esperaba. Siento, y no sabe usted hasta que punto llega mi sinceridad, haberle dado la espalda en momentos en los que nos necesitabamos mutuamente. Discúlpeme, sé que se habrá sentido ofendida por mis permanentes rechazos y malas caras, incluso, permítame contárselo ahora que, sí usted quiere, vamos a ser amigas: he llegado a insultarla, y mucho. No crea usted, en un acto de esa dulzura tenue y tremendamente falsa que le caracteriza, que los insultos han sido pusilánimes. No señora, he llegado a odiarla. La he traicionado con su enemiga mortal Sinceridad, pero créame, esta es la última vez que lo hago. Me ha dado demasiadas patadas, me ha traido demasiados problemas. Con amigas así, ¿quién quiere enemigos? Así que, como ya he dicho, disculpe mi deslealtad, disculpe mi traición constante y premeditada. Sí todos están con usted, ¿por qué yo no iba a estarlo?
Con todo esto lo único que quiero pedirle, (incluso podría llegar a decir que suplicarle) es su lealtad y su amistad; lo que es lo mismo, su ayuda para autoconvencerme de que el fin justifica los medios. Al resto del mundo se lo ha dejado muy claro, no veo ningún impedimento para que no puedo hacerlo también conmigo.
Una vez más le pido perdón y ruego atienda mis peticiones.
Con todo esto lo único que quiero pedirle, (incluso podría llegar a decir que suplicarle) es su lealtad y su amistad; lo que es lo mismo, su ayuda para autoconvencerme de que el fin justifica los medios. Al resto del mundo se lo ha dejado muy claro, no veo ningún impedimento para que no puedo hacerlo también conmigo.
Una vez más le pido perdón y ruego atienda mis peticiones.
Dientes, dientes, que es lo que más les jode.
Etiquetas:
Juegos de mesa
Suscribirse a:
Entradas (Atom)