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sábado, 9 de octubre de 2010

Es existencial

Entrabamos corriendo al aseo, cerrábamos la puerta acelerados, con un portazo que creíamos sordo, absolutamente imperceptible. Yo tenía seis años, él once. Después del golpe, detectable por cualquier oído medio un kilometro a la redonda, me ponía de puntillas para intentar alcanzar la primera leja del armario del baño y así coger la pasta de dientes de fresa. Poníamos los cepillos en horizontal y yo vaciaba medio tubo en cada uno, y empezábamos a comernos el dentífrico infantil creyéndonos los niños más astutos y perversos de toda la tierra. Las hazañas de los personajes de dibujos animados de "la dos" eran minucias comparadas con aquellas expediciones.
Entonces llegaba mamá, abria la puerta de golpe y nos pillaba allí, con el pijama puesto y con la boca llena de aquel gel de color rojo. Y se echaba a reír mientras llamaba a mi padre para que también viera la escena. Allí estaban los dos, al otro lado de la puerta, protectores, estrictamente fundamentales, sustento de todo nuestro vivir, de toda nuestra existencia. Allí estabamos los cuatro, felices.



Estoy estudiando sentada en mi escritorio, con la puerta de la habitación cerrada y los auriculares puestos, de mala leche, como siempre. Alguién abre la puerta, ¡genial!, ya viene mi madre otra vez con sus historias (sea esto leído con voz de pito): friega los platos, ordena los zapatos, ¿por qué llegaste tan tarde ayer?, ¿no irás a salir esta noche?, ¡te he dicho que friegues los platos!, pero ¿¡qué haces?!, ¡no dejes de estudiar!...Pero no, no era ella. Abre la puerta un hombre de veinticuatro años en pijama y con muletas, viene hacía mí, me quita el auricular de la oreja y dice solo y únicamente dos palabras: "te quiero". Después da media vuelta, cierra la puerta y se va, tal cual.

Ahí va, mi hermano, el pilar de mi existencia, en muletas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Operación

Esperé paseando por el hospital, desquiciada, con el corazón a cien.
-¿Para que coño me abré tomado un café?
-Porque has dormido tres horas y tenías mucho sueño, Maria José.
¿Estoy empezando a hablar sola? Joder. Otro paseo. Vuelvo a la habitación. Mis padres se miran fijamente a los ojos, sin hablar.
-Es una operación sin riesgo. Anestesía local, Maria José. Tranquila.
-Sí, ya, anestesía local, pero el marcapasos hay que desprogramarlo, no tiene ni puta gracia.
-Pero es un riesgo  mínimo, un cardiólogo va a estar a su lado en todo momento. Además, este es el lugar más seguro dónde puede estar.
Bien, volvía a hablar sola. Allí nadie se atrevía a abrir la boca pero por todas las cabezas circulaban los mismos pensamientos, las mismas preguntas, desatados. Desatando los nervios. Haciendo nudos.

Puerta de quirófano. Despacho del médico. Todo ha ido bien. Se dedica a sonreír, a darnos todo tipo de explicaciones a las que solo sabemos responder con un sí. Mi madre se echa a llorar. Puerta de quirófano. Sale otro médico, un tal "anestesista". Todo ha ido bien. Otra vez la misma frase. Se ha portado genial, hemos hablado un rato con él y no se ha quejado en ningún momento. ¿Lo dudabas? Dijo que no le dolía cuando se partió la pierna por tres sitios, no iba a quejarse ahora. Puerta de quirófano, otra vez. No se cuantas veces pude leer el cartel que había encima. "Quirófano de urgencias, solo personal autorizado Por favor, permanezca en la sala de espera". Los cojones. Puerta de quirófano.

Sale la camilla. Miró a mi hermano. Sin gafas solo ve bultos, pero escucha perfectamente las voces. Le digo a mi madre que le ponga ya las gafas, ella le pide permiso a los médicos antes y, tras la afirmación, se las pone. Él sube la mano dónde tiene cogida la vena para ponerselas bien, mira fijamente a mi padre y rompe a llorar. Rompe a llorar como un bebé y joder, yo también. Ninguno de los dos podemos soportar tanta presión. Me quito de en medio. No quiero que me vea así, no quiero que se de cuenta de que él es el fuerte de los dos, aunque creo que ya lo sabe. Mis padres lo acompañan a las camillas de reanimación, pero a mi no me dejan pasar. Sigo llorando. Joder, no puedo parar. La respiración empieza a ser cada vez más rápida. El anestesista viene a hablar conmigo, me mira a los ojos, hace algunos comentarios sobre el parecido entre hermanos  y me dice que el mío le ha hablado de mi durante la operación. También me dice que cuando estaban terminando lo ha mirado a los ojos y le ha dicho "por favor, terminad ya".

Definitivamente, nunca he conocido a alguién tan fuerte, a alguién que después de estar ingresado dos meses, después de siete operaciones, de enfermedades, de medicinas, de cicatrices; a alguién que después de pasar por todo eso es capaz de suplicar sin perder la compostura, es capaz de aceptar lo que está pasando sin nisiquiera llegar a entenderlo. Es capaz de resignarse como el más maduro de todos los hombres, porque lo és.



Cariño, mientras tú no puedas, yo mataré monstruos por tí.