Se levantó por la mañana, temprano. Esa siempre me ha parecido una buena manera de empezar a contar algo, cualquier cosa. Temprano. Esa también. Esa ya no.
Sí, se despertó, temprano. Y, ¿saben que? Precisar sus cirscunstancias no le fue necesario antes de encontrar las gafas. De pronto, hasta lo borroso estaba claro en su existencia, vacilante. Se tambalearon sus principios con el primer bostezo, vacilaron ventrículos y aurículas al compás monótono de un reloj cualquiera, volvió a desequilibrarse, una vez más, la tesis de su alma. Pero ya no. Todo aquello ya no era razón para no aclarar sus retinas y enfrentarse al cosmos. Dejó de ser infranqueable. Se convirtió en coyuntura, en un camino del que no queda sino andarlo, como diría uno de esos omnipresentes. Uno de tantos.
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miércoles, 4 de mayo de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
El lagrimal se descubre.La cortina torpe que me aisla de la luz sigue el recorrido de un vaivén.El bullicio de la vida se me desliza por la espalda.Siento el tacto mecánico y triste y solo y absurdo y lento de un ser que no es. Los días, vestidos, son cada vez más largos. La vida, cada vez más corta.
sábado, 5 de marzo de 2011
Don Pedro
Un día, en su vieja droguería, Don Pedro me comentó que siempre había pensado que la madurez llega de la mano de la constancia, de la monotonía, de lo insípido del asfalto que pisan los rebaños, del olvido del interés por lo inservible. Supongo que porque pensaba todo aquello aquel hombre de ya ochenta años y pelo cano se levantaba los sábados tras una semana agotadora de trabajo para pasear en su destartalada bicicleta sin frenos por aquellos, como él llamaba, "caminos de Dios". Deambulaba por la huerta hasta llegar a la orilla de una acequia donde crecían unas margaritas blancas preciosas, cogía un pequeño ramillete y lo llevaba a casa; después lo colocaba en un jarrón de cristal brocado y esperaba, sentado en su sillón blanco de mimbre, lo apacible de una sonrisa. Cualquiera.
jueves, 24 de febrero de 2011
Le dio por pensar que lo más parecido a la utopía absurda que es la felicidad era la esperanza. Se sustentó en ella, la convirtió en su verbo transitivo, se empeñó en reducir la acción a la ausencia para que su eterno (y único) camino a la ilusoria ventura fuera la inanición del alma.
Encontraron su cadáver tres semanas después de su muerte entre mierda envuelta en celofán. El forense no supo dar respuesta, yo juraría que aquel pobre hombre falleció de aburrimiento. Agudo.
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martes, 15 de febrero de 2011
No, no había nada que hacer
No tenían motivos, por no hablar de razones y argumentos. Rechazaron, conscientes, cualquier pretexto que justificara un atisbo de lógica en miradas cómplices, en sonrisas aún más cómplices, en sus sonrientes sinceridades. Le dijeron adiós al lugar y el tiempo de su acción, a la sensatez de las marchas, a asistir direcciones. La existencia de aquel él y aquella ella no encontraba sustento, (quizá nunca lo necesito), (quizá levitaba).
Un día, ilógicamente, la lógica se apoderó de sus pieles y, peor aún, de sus cabezas. Volvieron, en burdos intentos planteados en la razón, a desvestirse de argumentos, pero lo ilógico de la lógica pudo con ellos. No, ya nada volvería a ser como antes, por mucho que, obstinados, lo intentaran. Con todas sus fuerzas.
Un día, ilógicamente, la lógica se apoderó de sus pieles y, peor aún, de sus cabezas. Volvieron, en burdos intentos planteados en la razón, a desvestirse de argumentos, pero lo ilógico de la lógica pudo con ellos. No, ya nada volvería a ser como antes, por mucho que, obstinados, lo intentaran. Con todas sus fuerzas.
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lunes, 7 de febrero de 2011
Cobarde
El segundero rozó el 61 cuando él decidió cerrar la puerta y los ojos. Sin expectativas más allá de las preconcebidas, con cristales de caucho y sin filo y la boca seca se armó de valor cobarde y le dijo adiós.
-Arrivederci, donna, tienes que tener trampa-pensó.
Acto seguido se dirigió a una administración de lotería.
-Deme usted todos los números, si es tan amable.
-¿Todos los números señor? Le costará una pequeña fortuna.
-Sí usted supiera, señora, lo que es una verdadera fortuna...
-¿Cómo dice?
-Que también incluya la de Navidad, sí no es molestia.
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lunes, 17 de enero de 2011
Teatro, vida.
Termina la función. Te secas las pocas lágrimas que has derramado en la última escena y te peinas un poco: el polvo del tercer acto ha tirado una hora de peluquería a la basura (y algo más que eso). Baja el telón y te quedas en el escenario, esperando, con una ilusión sincera que nada tiene que ver con la incertidumbre. No vas al camerino por una razón clara: no tienes. ¿Para qué? El teatro son las tablas, el decorado, las luces, los matices, la realidad de la ficción y la pura falsedad de cualquiera de sus sinónimos.
Esperas. Miras, entre bastidores y cortinas, el patio de butacas. Ves como se marcha ese público carroñero de basura barata, crítico sin juicio y sin límites; ese al que le han regalado la entrada. Te alegras profundamente y te sientas, tranquilo, en el centro del escenario. Esperas. La inquietud comienza a apoderarse de tus piernas y se levantan, nerviosas pero siempre confiadas. Vuelves a echar un vistazo. Los palcos ya están vacíos. En ellos viste, solo unos minutos atrás, a los críticos benevolentes pero sensatos en los que siempre buscaste opinión y consejo. Ves marchar a tu mayor sostén de la mano de cualquier otro y en ese instante piensas. Piensas y no te das cuenta. No eres capaz de encontrar en ti mismo al culpable. No eres capaz de reconocer que esa no es tu mano porque tu no fuiste capaz de ser apoyo y solo fuiste peso, mucho peso. Triste vuelves a tu improvisado asiento, duro y frío, y esperas, aferrado a una esperanza que sabes no existe, a que lleguen esos que han dicho siempre creer en ti, esos que decían tener la palabra amistad como bandera. Desesperado ya, vuelves a asomarte, y los ves marchar, agarrados a otra bandera, afianzados en sus cimientos de hormigón duro y corazones tiernos.
Es entonces cuando corres a buscar a tu director de escena y entre sollozos, lágrimas, gritos y algún que otro improperio te das cuenta de que lo despediste al cumplir los dieciocho porque pensabas que tú solito podías con todo. Qué inocente fuiste.
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viernes, 24 de diciembre de 2010
Pasado. Presente. Futuro
Federico tiene veinte años y acaba de empezar el servicio militar en una transición tardía de una España que no encuentra su definición, en una España que quiere pero no puede deshacerse de un pasado demasiado intenso como para poder olvidarlo a golpe de chatos de vino en la cantina del cuartelillo. Federico vive su presente en el que defiende un ideal que no sabe si comparte, en el que se emborracha sin saber muy bien porqué y en el que no sabe si le gusta la carne o el pescado, el muslamén o el culo bien prieto del general. Se levanta cada mañana anhelando no recordar nada del día anterior porque eso implicaría recordar un pasado que ya no existe, un pasado que ya pasó. Y oyé, esa filosofía no le va tan mál, parece feliz. Vive una vida intensa plagada de amoríos con quien sabe quien y quien sabe dónde, plagada de carcajadas sonoras y vacías con compañeros de milicia de los que ni era necesario saber sus nombres, ni mucho menos sus apellidos. Transita con resignación por las grandes caminatas del servicio, por los madrugones y las marchas pensando que pronto serán pasado, mirando hacía un futuro que, aunque el, en su querido presente, no sabía, le depararía un puesto en la biblioteca del cuartel.
Federico tiene, treinta años después de su mili, cincuenta ya bien cumplidos. Se sienta en su sofá orejero del salón para que le de el solecito en las piernas y coje un libro de los pocos que quedan en casa sin leer. Aquella pasión, tan irrefrenable como inverosimil para su yo de veinte años, nació en aquel servicio militar que ahora le parece tan lejano y que recuerda con una sonrisa que tarde unos segundos en borrárse de su cara. Lo destinaron a la biblioteca y allí, el aburrimiento o las ganas, nunca lo supo, lo dedicaron a ojear los libros, primero con desdén, para después devorarlos con los ojos y adivinarlos en el corazón. Encontró en aquellas páginas amarillentas y roidas cientos de palabras llenas de significados que nunca había pensado, llenas de historias de amor y de aventuras. Vislumbró comas llenas de pasión, de continuidad y de perfección, puntos que cerraban un final que te dejaba con mal sabor de boca y párrafos que continuaban la historia de un hidalgo y su escudero, la historia de un señor que amó tanto los libros como para enloquecer, que amó tanto los libros como él los amaba ahora, en su sofá orejero, con cincuenta años bien cumplidos ya.
Pocos años antes de morir, Federico escribió en una pequeña libreta negra que siempre llevaba en el bolsillo de la camisa un pequeño párrafo:
Nunca podré saber porque aquel general me destinó a la biblioteca, tampoco sabré porque me decidí por abrir unos y no otros libros, lo que sí sé es que esa, en inicio, liviana afición, provocó que aprendiera a reconocer el pasado como lo único existente, a adorarlo y a admirarlo por ser el mío y no el de otro. Me ha enseñado a reconocer al pasado como el único en el que el devenir de cada pluma puede comenzar a suceder mayúsculas, minúsculas, puntos y comas, pues es lo único asimilado por la mente que dirije tan excelente pluma. He aprendido con los libros a adorar el presente porque ya pronto será pasado. Y nunca podré saber si todo esto lo han hecho los libros o lo ha hecho el pasado, que cada vez tiene más vida mía y que pronto la tendrá toda.
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lunes, 13 de diciembre de 2010
Maldita divinidad omnipotente
Dios sabe que nunca serán tan felices como cuando los ve juntos en la cafetería, haciendo recíprocas sonrisas reflejadas en retinas plagadas de ilusión, ajenos al mundo y a la lengua, insertos como nunca en la literatura, sumergidos en una de esas tranquilidades sencillas, calmas.
Dentro de quizá treinta o cuarenta años serán ellos quienes recuerden ese momento, con una sonrisa en la cara y un lamento en el alma. Porque fue Dios, y no ellos, quien se realizó en la perfección de ese momento, en el calor de ese café.
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domingo, 12 de diciembre de 2010
Ilusión
Llovían realidades y hacía mucho frío. Era la noche del cinco de enero, a las cinco de la mañana, e Ilusión solo tenía cinco años. Salió al salón, muerta de frio y descalza; no encontró las zapatillas. Miró fijamente la ventana estéril que conducía a la terraza y una luz blanca, brillante y a la vez cálida, iluminó la estancia. Pudo distinguir a un hombre negro, muy alto, de inmensos ojos azules y vestido con un pantalón de deporte negro y una sudadera vieja, cómoda. Aquel varón depositó una caja blanca coronado por un enorme lazo rojo en los pies de Ilusión, quien apresuradamente se dirigió a abrirla. Baltasar, así se hacía llamar el hombre negro, frenó su impulso suavemente acariciando sus pequeñas manos y le susurró al oído que sería la caja, y no ella, quien decidiera cuando debía ser abierta.
A la mañana siguiente Ilusión solo sería capaz de recordar el color morado en los dedos y la sinceridad sonriendo entre las comisuras de un ángel.
Continuará....
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
Funciones vitales
Primero de la ESO, Mario, doce años. Martes, primera hora, clase de biología, o ciencias naturales, o como se llame. Primera lección:
Vinieron a su cabeza, otra vez, aquellas imagenes repetitivas y monótonas que lo perseguían en cada intento de lúcidez: su hermana acostada en la cama a las doce de la mañana, con las luces apagadas, sollozando; su hermana acostada en la cama a las doce de la noche, con las luces apagadas, sollozando. Por un instante parecía haber encontrado la solución, el razonamiento era tan lógico como simple, pura deducción griega: sí un ser vivo no cumple una de sus funciones vitales dejará de serlo, dejará de estar vivo, puesto que no puede dejar de ser. Perfecto. Tenía la respuesta, la clave. La solución a todo aquello estaba en un mísero libro de primero de ESO, no había más, su hermana solo necesitaba el cariño que ella misma se había quitado a base de soledades y galerías. Pedía a gritos en el silencio más sordo un abrazo, una palabra más allá del grito en el porque, un beso sin segundas intenciones, un polvo con promesas.
Todo aquello se desvaneció unos minutos después, cuando la profesora explicó la función de relación.
Las funciones de los seres vivos son tres: nutrición, relación y reproducción.De ahí Mario debía concluir, como el Aristóteles que querían que fuera, que, sí los humanos son seres vivos, las funciones de los humanos son las mismas. Y así lo explicó aquella profesora gorda y sudorosa que en un octubre más caluroso de lo normal intentaba lidiar con una masa ingente de prehormonados. Marío se sentaba en la tercera fila de la case, un lugar discreto para un chico que pasaba siempre desapercibido. Mientras la profesora repetía una y otra vez aquellas tres funciones en el afán fallido de que la repetición se tradujese en alguna de aquellas mentes en memoria, Mario buscaba la página del libro en la que residía aquella frase, encerrada en un cuadro amarillo, -aquello debía ser importante-. La leyó un par de veces: nutrición, relación y reproducción; nutrición, relación y reproducción.
Vinieron a su cabeza, otra vez, aquellas imagenes repetitivas y monótonas que lo perseguían en cada intento de lúcidez: su hermana acostada en la cama a las doce de la mañana, con las luces apagadas, sollozando; su hermana acostada en la cama a las doce de la noche, con las luces apagadas, sollozando. Por un instante parecía haber encontrado la solución, el razonamiento era tan lógico como simple, pura deducción griega: sí un ser vivo no cumple una de sus funciones vitales dejará de serlo, dejará de estar vivo, puesto que no puede dejar de ser. Perfecto. Tenía la respuesta, la clave. La solución a todo aquello estaba en un mísero libro de primero de ESO, no había más, su hermana solo necesitaba el cariño que ella misma se había quitado a base de soledades y galerías. Pedía a gritos en el silencio más sordo un abrazo, una palabra más allá del grito en el porque, un beso sin segundas intenciones, un polvo con promesas.
Todo aquello se desvaneció unos minutos después, cuando la profesora explicó la función de relación.
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viernes, 26 de noviembre de 2010
La mesa del centro
Lo había pensado fríamente. Delante de un café ardiendo, con dos terrones de inseguridades y unas cuantas cucharadas de palabras dichas sin pensar, inoportunas hasta uno de esos límites que nunca se han escrito.
Se sentó en una cafetería cualquiera, en la mesa más impersonal de todas: esa que está en el centro y en la que nunca se sienta nadie. Parece que el ser humano prefiere pegarse a las paredes, aferrarse a un elemento tangible, inamovible. Sí, parecía que era eso lo que le había pasado con él, era su tangible, su inamovible, inapelable, inflexivo, siempre estable, y ni el dios que a cualquiera se le ocurra rezar lo podía mover de su trono: él era su príncipe eterno, el siempre futuro rey de sus posesiones, el siempre presente. Pero pasó, la pared se derrumbó, en mil pedazos, ladrillo a ladrillo cada porción de cemento fue cayendo al abismo de los recuerdos mal guardados y allí se quedó ella, en la mesa del centro, la más impersonal de todas, esa en la que nunca se sienta nadie.
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lunes, 8 de noviembre de 2010
Esta, amigos mios, es la historia de una princesa, de una princesa y su príncipe. Esta, amigos mios, es la historia de un castillo amurallado.
Esta es la historia de la princesa que decidió, aún habiendolo pensado dos veces, amurallar su castillo de la mejor de las formas posibles. La probabilidad de entrada en aquel fuerte era nula. Opto, conscientemente y sin complejo, por la más cruda de las tranquilidades. Se decantó por convertir a la ausencia de hechos, de acontecimientos, de vida, en su vivir. Edificó la muralla más segura que ningún castillo había poseído ni poseería jamás. Pero, como en todas las historias, la princesa dejó una ventana abierta al juego, al devenir, al suceder de lo probable. En el lugar más recóndito de toda su muralla colocó, amigos mios, el candado más minúsculo hayáis imaginado nunca. ¿Quién tenia la llave? Deberán ustedes suponerlo. Loco de amor, loco de atar, capaz de dar su vida por contemplar solo una vez más la lujuria verde de los ojos de la princesa, irracional, el único que siempre supo comprender que pasaba por aquella carita redonda y blanca: el príncipe. Y aún teniendo la llave, aún sabiendo que él era la singularidad que podía vislumbar la ternura donde otros veían el enfado, aún conociendo aquella conexión efímera e infinita que lo unía a la princesa, compró, a base de besos y saliba, a base de poemas y de risas, toda la dinamita que jamás se hubiese fabricado y jamás se fabricaría en la historia de los hombres. Ya ningún otro podría atravesar la muralla que separaba a su amor del resto del mundo. Y acto seguido, en el justo instante que seguía al más triste de los besos, arrojó la llave al vacío quedando él, principe gentil, fuera del castillo. El príncipe marchó y continúo su vida consciente y capaz de regalar la sinceridad de aquellas caricias a otra princesa. La princesa quedó enterrada, para siempre, en el más triste y profundo desamparo.
Esta, amigos mios, es la historia de una princesa. Esta, amigos mios, es la historia de la princesa soledad.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Sí hasta la luna se vistió de puta aquella noche, ¿que podía esperar ella de unos labios que solo sabían conducir el gemido de unas cuerdas vocales más sinceras que el deseo?, ¿qué hay más sincero que el deseo? El deseo de matar, de morir, de entregarte o de finjir. Es deseo, pasión, fuerza, ira, es el movimiento conceptualizado en palabras tan fuertes que no dicen nada. No, joder, aquel beso no podía decir nada, significaba tan poco que rozaba la puta perfección de la apatía. Lo estaba sintiendo temblar. No sabía si era el frío o el ardor de sus salibas jugando a ser recíprocas, pero notaba temblar entre sus dedos hasta el último músculo que él se dejaba tocar. Hasta el último músculo. ¿Qué podía esperar ella de una piel que había sido pensada por tantos?, ¿que cabía esperar de todo aquello?Lo notó parar y separar sus labios de su cuello, un cuello cualquiera que aquella noche pedía a gritos una prorroga eterna.
-¿En qué coño estas pensando, preciosa?
-¿Preciosa?,ni siquiera te he dicho mi nombre, ¿verdad?
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miércoles, 3 de noviembre de 2010
Ha sido capaz de llegar al punto del que niegan los humanos su existencia. Se ha sentado en la silla de su escritorio, ha mirado por la ventana sin ver y ha clavado unos ojos muertos en la hoja más absurda de todo el árbol: en la caída. Sí, ha podido, ha conseguido llegar al estado de total indiferencia que siempre él le recomendó. "Sí no te importa no existe", decía. Mentía. El muy cabrón había sido capaz de convencerla. Ella, basándose en los razonamientos de quien no debía importarle, errando ya en el inicio, sintiendo lógico lo absurdo, hizo que todo desapareciera. Lo olvidó, no le importaba, ya no existia. "Si ya no me importa no existe", se repetía. Nunca fue capaz de darse cuenta de que aquella indiferencia se lo llevó todo y dejó solo una frase: "no me importa". Dejó una frase capaz de contener la indiferencia y con ella la nada, y con ella el algo, y con ella a él. En cada palabra, en cada letra, en cada trazo imaginario de aquella secuencia estaba contenida la unión efímera de la que ella jamás se separaría; de la que él se separó hace ya tanto. Volvió a mirar por la ventana, se levantó de la silla. Con la tranquilidad que solo es capaz de dar la seguridad subió la persiana y saltó, feliz.
Sobre la mesa solo quedaron dos frases subrayadas en el texto de una mala revista:
Ya, por no hacer, no hace ni frio.
Ya, por no sentir, no siento ni miedo.
Ya, por no sentir, no siento ni miedo.
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viernes, 22 de octubre de 2010
La brisa salada del mar de invierno partía mis labios en mil pedazos, sangraba zanjas rosadas en cada comisura, dolía. Tú intentabas acariciarme el pelo mientras el viento jugaba a quitártelo de entre los dedos y yo sonreía, sonreía como antes, como nunca en mucho tiempo y como siempre que rondabas un kilómetro a mi redonda.
Hacía mucho frio aquella mañana de diciembre, creo que era nochebuena, o navidad, o el día de los inocentes, porque tanta felicidad debía ser una broma. Estábamos sentados en el banco improvisado que algún ayuntamiento colocó allí intentando separar el mar de la humanidad y te quitaste la chaqueta; la posaste sobre mi espalda, su tamaño parecía rozar la enormidad de tus abrazos y me dio calor de pronto. Sacaste un pañuelo de tu bolsillo, verde aceite, y me tapaste los ojos, verde aceite. Sentí que ver era algo secundario, sentí que cada milímetro de mi piel estaba seguro en el lugar más expuesto de toda la tierra, que nada ni nadie podía dañarme. Cuénta hasta diez, me dijiste. Ingenua, vulnerable como un recién nacido, crédula, nunca super ver que cada número de aquella sucesión lógica era un alfiler clavado a conciencia en cada una de mis arterias. Llegué al diez, el aguijón, y me deshice del nudo que me separaba de la realidad: el desamparo. No, tú ya no estabas allí, fue la forma menos lastimosa que se te ocurrío para decirme adiós, y a mí aún me sangran las heridas. Me quedé sola, ante el mar, inmenso, insociable, huraño, muerto. Me quedé con una chaqueta, con su olor, que era el tuyo, y con aquella soledad que decidiste regalarme y que yo, melancólica como la que más, aún conservo.
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miércoles, 22 de septiembre de 2010
Seis de la mañana
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La luz de las farolas se abría paso entre las rendijas de la persiana para llegar a una cortina blanca que amablemente la dejaría llegar hasta sus senos, tersos. Ella. Límpida, rubia, casi virginal. Ella. Recién follada, placidamente dormida, con un mechón de pelo despeinado cruzándole el cuello. La sábana azul recorría sus caderas anchas y huesudas para depositarse en su rodilla y dejar a la vista de los delgados rayos de luz todo su cuerpo. Ella: desnuda, ignorante, feliz.
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La ceniza del cigarro avanzaba con cada calada, con cada suspiro de resignación. Él. Desnudo, moreno, alto, masculino. La concreción perfecta del adjetivo guapo. Resignado, cubriendo timidamente su cuerpo desnudo, triste, melancólico. Su cara delataba el sentimiento de culpa que embriagaba todo su cuerpo y todo su ser. Su cara delataba que, Dios lo sabía, lo intentaba, intentaba dejar de pensar en su olor, en su cuerpo desnudo, en la pasión que derrochaban en el abandono de sus almas, en las caricias a escondidas, en los besos culpables y en la saliva prisionera de su secreto, inconfesable. Dios sabía que lo intentaba con todas sus fuerzas, pero eso daba igual, aquellos intentos conllevaban el más absoluto de los fracasos.
La miró fijamente. Preciosa. Perfecta. Todo lo que un hombre podría desear, joder. Pero no podía, no podía parar de pensar en sus ojos verdes, enormes, en su mandíbula ancha y en sus labios, carnosos, cortados por el frio, secos e increiblemente dulces. No, no podía dejar de pensar en él.
Seis de la mañana, de una mañana que siempre sería noche.
Seis de la mañana, de una mañana que aún era noche. La ceniza del cigarro avanzaba con cada calada, con cada suspiro de resignación. Él. Desnudo, moreno, alto, masculino. La concreción perfecta del adjetivo guapo. Resignado, cubriendo timidamente su cuerpo desnudo, triste, melancólico. Su cara delataba el sentimiento de culpa que embriagaba todo su cuerpo y todo su ser. Su cara delataba que, Dios lo sabía, lo intentaba, intentaba dejar de pensar en su olor, en su cuerpo desnudo, en la pasión que derrochaban en el abandono de sus almas, en las caricias a escondidas, en los besos culpables y en la saliva prisionera de su secreto, inconfesable. Dios sabía que lo intentaba con todas sus fuerzas, pero eso daba igual, aquellos intentos conllevaban el más absoluto de los fracasos.
La miró fijamente. Preciosa. Perfecta. Todo lo que un hombre podría desear, joder. Pero no podía, no podía parar de pensar en sus ojos verdes, enormes, en su mandíbula ancha y en sus labios, carnosos, cortados por el frio, secos e increiblemente dulces. No, no podía dejar de pensar en él.
Seis de la mañana, de una mañana que siempre sería noche.
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sábado, 11 de septiembre de 2010
Rutina
Abre los ojos, hinchados por el sueño acumulado, producto de noches y noches de estudio malgastadas en largos cafés y alguna que otra cerveza, kilométrica. Separa las pestañas y busca las gafas a tientas. Se levanta, palpa el suelo con los pies sin tan siquiera bajar la mirada, ahora ya nítida, y encuentra las zapatillas. Se dirige al aseo, enciende el tubo fluorescente y la disminución apresurada de las pupilas se hace hasta dolorosa, punzante. Se la saca y, en un intento fallido de apuntar, mea. Las mismas constantes vitales de siempre, el mismo azulejo blanco con un ribete de tacitas azules, el de todas las putas mañanas. ¿Qué coño pinta la tetera y todo el jueguecito de tazas a juego en un maldito aseo? Sacude y guarda. Gira el cuerpo noventa grados y se planta frente al espejo para no verse. Baja los ojos y buscar desesperadamente algo de agua fría que arrastre las lagañas y los porqués. Sale del baño sin mirarse los ojos, ni la cara, ni la barba de cuatro días, ni los michelines ni el pelo, que empezaba a ser cada vez menos. Sale del baño sin mirarse el alma en el espejo, por si acaso ya no tiene, por si acaso la rutina se la había quitado sin que él se diera cuenta.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
Recuerdo
Anoche no podía dormir, llegué tarde a casa y el sueño no llegó conmigo, creo que se fue antes de que yo llegara, harto de esperarme. Anoche no podía dormir y abrí el cajón de tus recuerdos, el tercero en mi escritorio, empezando a contar desde arriba. Abrí el cajón donde escondo tus fotos, aquella carta que me escribiste cuando aún nos escondíamos de nosotros mismos, del destino, cuando aún nos daba vergüenza mirarnos fijamente a los ojos y nos daba igual mirar en la entrepierna. Encontré la caja de madera forrada por dentro de franela roja, aún quedaban restos del azúcar de las gominolas que metiste allí para que no me enfadara si te ibas para no volver, era algo que ni se te pasaba por la cabeza.
Entre aquel amasijo de recuerdos desordenados encontré tus libros: mi antología del veintisiete y aquel compendio de citas del que solo releía el apartado dedicado al amor, del que después tanto renegué. Cerré el cajón y me quedé con el libro. Me tumbé en la cama y, aún abrazándolo y sin todavía abrirlo, comencé a recordar. Miento. Me estoy mintiendo. Te estoy mintiendo. No empecé a recordar en ese momento, creo que es algo que nunca he dejado de hacer. Ojeé el índice del libro: amor, amistad, familia, dinero, memoria, recuerdo. Recuerdo. Página treinta y seis.
Fue entonces cuando, en un momento de abstracción, repose la vista en la frase de la salvación.
Entre aquel amasijo de recuerdos desordenados encontré tus libros: mi antología del veintisiete y aquel compendio de citas del que solo releía el apartado dedicado al amor, del que después tanto renegué. Cerré el cajón y me quedé con el libro. Me tumbé en la cama y, aún abrazándolo y sin todavía abrirlo, comencé a recordar. Miento. Me estoy mintiendo. Te estoy mintiendo. No empecé a recordar en ese momento, creo que es algo que nunca he dejado de hacer. Ojeé el índice del libro: amor, amistad, familia, dinero, memoria, recuerdo. Recuerdo. Página treinta y seis.
"Los lugares donde no se ha amado ni se ha sufrido, no dejan en nosotros ningún recuerdo". Pierre LotiDesde luego amamos, y sufrimos, por ello recordamos. Un tío sabio el tal Loti. Pero no, esto no me servía anoche, no podía más con las piedras del recuerdo, me dolía la espalda, era insoportable. Sufrimos y amamos como nadie más ha sabido hacer hasta ahora, sangré por dentro y tú me curaste las heridas, con saliva, paciencia y vendas en los ojos. Pasado perfecto. Recuerdo. El bucle continuaba y el mareo iba a concluir en vomito. Necesitaba salir de ahí, seguí leyendo.
"El que vive de recuerdos arrastra una muerte interminable". AnónimoLo yo que yo decía. No me podía seguir sustentando en el pasado, me iba a morir de asco. No podemos basar la búsqueda de la, por otra parte inexistente, felicidad, en viajes sin destino en el colchón, sola. Continué.
"Ella no te necesita. tiene tu recuerdo, que vale más que tú". Alejandro Casona¿Era eso?, ¿había idealizado tanto el recuerdo que lo había convertido en algo superior a la propia experiencia? La memoria es selectiva. Sí lo pensaba mucho incluso podía llegar a encontrar la parte divertida, romántica y positiva de las peleas y de los llantos. Recuerdo aquella discusión a gritos en la habitación de mis padres en la que terminé llorando; te me quedaste mirando y dijiste: "siempre conservarás el legítimo derecho al llanto". Me eché a reír. Recuerdo perfectamente esa frase pero no soy capaz de recordar el motivo de la disputa. Todos mis recuerdos contigo rozan, en mi cabeza, la perfección. Joder, eso no puede ser real, no es tangible, no hace bien. Eso, a la larga, pudre.
Fue entonces cuando, en un momento de abstracción, repose la vista en la frase de la salvación.
"Abstenerse de recuerdos a veces es una cuestión de supervivencia". Alberto LevenfeldAhí estaba, no había que darle más vuelta a la naturaleza humana. Hemos nacido para perpetuar la especie, ¿no? Sobrevivé el más fuerte y yo tenía que ser la más fuerte, Darwin, teoría de la evolución, el ser humano como un simple y primitivo animal, la búsqueda de la perfección en la singularidad del individuo. Me bastaba ese argumento. Cerré el libro y lo dejé sobre la mesilla. No podía volver a abrir el cajón de los recuerdos para guardarlo, ese cajón estaba lleno de genes recesivos, me iba a dejar sin descendencia, y sin futuro.
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miércoles, 18 de agosto de 2010
Tercera persona del singular
Últimamente solía salir a pasear. Sí, se levantaba de la siesta y sentia la necesidad vital de salir a dar un paseo, era como si sus pensamientos solo fueran legibles y cobraran cierta coherencia al compás de sus pasos. Amanda no tenía ningún tipo de problema, no necesitaba aquellos paseos para tomar una decisión demasiado transcendental o para encontrar la solución de una duda espinosa. No. Dedicaba aquellas tardes de tranquila y serena soledad a pensar, a pensar en cualquier cosa, ni siquiera precedía en que pensaría una u otra tarde o continuaba con los pensamientos de la tarde anterior, aquello le quitaría gracia al asunto. Simplemente salia a pasear y miraba los carteles, la gente, los edificios o las terrazas de los bares, los escaparates, y dejaba a su mente fluir. Y eso era algo que necesitaba hacer sola, que no podía hacer con nadie más.
Aquella tarde hacía demasiado calor para pasear, o eso le pareció oir a su madre cuando dió el portazo al salir de casa. Deambulo sin rumbo fijo, el calor y la ropa que, aunque ligera, se le pegaba al cuerpo, propiciaban que sus piernas estuvieran mucho más frescas a la hora de decidir el rumbo. La cabeza la tenía en otro asunto. Justo antes de salir, o mejor dicho, justo antes del grito de su madre, uno de tantos, se dio cuenta de algo tan obvio como que no podría salir con ella a pasear; ni con ella, ni con su mejor amigo, ni con el amor de su vida, ni con la persona que más odiara en este mundo, ni con Dios. Necesitaba que nadie estuviera con ella. Comenzó a pensar y las piernas comenzaron a ralentizarse, la cabeza necesitaba parte de la energía que las extremidades inferiores estaban consumiendo, así que las zancadas tomaron ese aire deambulante de los paseos sin importancia. Sin duda, necesitaba estar sola. No por ello consideraba aquello un problema, o un sentimiento extraño, estaba totalmente convencida de que todos necesitamos una parcela de nuestro tiempo, más grande o más pequeña, dónde las agujas del reloj solo giren en singular. Nacemos solos, morimos solos. El desarrollo de toda nuestra vida se fundamenta en la búsqueda desesperada del deshacernos de una soledad que no reconocemos como intrínseca, como nuestra. Sufrimos al sentirnos solos, cuando lo que debemos hacer no es buscar compañía a cualquier precio, si no aprender a poner a la soledad de nuestra parte, porque puede ayudarnos a ganar la partida, y mucho. Sí, desde luego, Amanda estaba convencida, satisfecha. Había argumentado de una manera casi perfecta su razonamiento, su excusa. Amanda era, como su propio nombre indicaba, la que debe ser amada, pero no por otro, por ella misma. Sí. Exacto. Era eso.
Sonó el móvil. Lo sacó del bolso. Rafa. Sonrió.
A la mierda.
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Juguetes
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