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viernes, 16 de septiembre de 2011


He dejado de comprar lombrices de gominola en el quiosco que está junto a la escuela. He dejado de analizar lo brillante del rojo de las manzanas. He dejado de susurrar poemas mientras paseo; he dejado de pasear. He dejado de comprar horquillas para recoger mi pelo y no encuentro el carmín rojo. He dejado de buscarlo. He dejado de suspirar entre el polvo de la tienda de comics y libros de tercera mano de la esquina de aquel barrio. He dejado de suplicar a mamá que hoy haga mi comida favorita. He dejado de combinar el tono de mis ojos con el de esa camiseta verde que tanto me gustaba. He dejado de abrir la ventana los días de lluvía para que el agua me acaricie la cara. He dejado de demostrarte. He dejado de intentar escribir, sin conseguirlo, poesía. He dejado de leerla. He dejado de vivir. 
Consecutivo.

martes, 30 de agosto de 2011

Roto

Y una sutil ráfaga de viento rompió aquel jarrón chino que compró cuando cumplió los quince años en una tienda de antigüedades. Que estaba nuevo, ponía en la etiqueta que colgaba de una de las asas anudad con un fino plástico dorado. Nuevo. Y crash. Se partió en dos pedazos. Y allí lo dejó, mientras miraba el primer cajón de la mesilla, lleno de tubos de pegamento; mientras miraba el armario escobero de la cocina, entreabierto. Y allí lo dejó, partido en dos pedazos. Crash.

domingo, 29 de mayo de 2011

Adelante, intenta desarmar mis pilares, no es tan difícil.Ni siquiera es necesario  que retires uno a uno los ladrillos sustanciales de este edificio de nueva construcción que es mi alma.Vamos.Golpea, suave, el muro que contiene el umbral de resistencia de la presión de mi sangre.No ibas a ser el primero que intenta que este extraterrestre desee abandonar la tierra. Tampoco el último.  

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cambio

Se levantó por la mañana, temprano. Esa siempre me ha parecido una buena manera de empezar a contar algo, cualquier cosa. Temprano. Esa también. Esa ya no.
Sí, se despertó, temprano. Y, ¿saben que? Precisar sus cirscunstancias no le fue necesario antes de encontrar las gafas. De pronto, hasta lo borroso estaba claro en su existencia, vacilante. Se tambalearon sus principios con el primer bostezo, vacilaron ventrículos y aurículas al compás monótono de un reloj cualquiera, volvió a desequilibrarse, una vez más, la tesis de su alma. Pero ya no. Todo aquello ya no era razón para no aclarar sus retinas y enfrentarse al cosmos. Dejó de ser infranqueable. Se convirtió en coyuntura, en un camino del que no queda sino andarlo, como diría uno de esos omnipresentes. Uno de tantos.

lunes, 11 de abril de 2011

Cerrado por reformas

La casa de muñecas volverá, cuando consiga despeinarse de nuevo y cuando vuelva a tener gana de escribir gilipuerteces. Mientras, no duden de que les siga leyendo, señores.

martes, 8 de marzo de 2011

Somos cuerpo y somos alma. 
Somos, como dijo sin querer aquel filósofo, vista y razón. Y no, no se equivoquen: no hay en ninguna de las dos más virtud que en la anterior. O en la siguiente.

lunes, 7 de marzo de 2011

No sabes lo que tienes.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes
La trivialidad de aquella frase se encontró con el frío del suelo de su habitación tras deslizarse por el estrecho túnel que conformaba el marco de su puerta y el piso. Entreabrió la cuartilla y, en una esquina, remató el enunciado:

O parece que lo pierdes

Después, rompió el papel en cuatro pedazos y lo depositó en la papelera de su escritorio para coger la chaqueta, abrir la puerta y pisar el fango. O el mundo. O la irrealidad.

jueves, 24 de febrero de 2011

Le dio por pensar que lo más parecido a la utopía absurda que es la felicidad era la esperanza. Se sustentó en ella, la convirtió en su verbo transitivo, se empeñó en reducir la acción a la ausencia para que su eterno (y único) camino a la ilusoria ventura fuera la inanición del alma.

Encontraron su cadáver tres semanas después de su muerte entre mierda envuelta en celofán. El forense no supo dar respuesta, yo juraría que aquel pobre hombre falleció de aburrimiento. Agudo.

martes, 15 de febrero de 2011

No, no había nada que hacer

No tenían motivos, por no hablar de razones y argumentos. Rechazaron, conscientes, cualquier pretexto que justificara un atisbo de lógica en miradas cómplices, en sonrisas aún más cómplices, en sus sonrientes sinceridades. Le dijeron adiós al lugar y el tiempo de su acción, a la sensatez de las marchas, a asistir direcciones. La existencia de aquel él y aquella ella no encontraba sustento, (quizá nunca lo necesito), (quizá levitaba).

Un día, ilógicamente, la lógica se apoderó de sus pieles y, peor aún, de sus cabezas. Volvieron, en burdos intentos planteados en la razón, a desvestirse de argumentos, pero lo ilógico de la lógica pudo con ellos. No, ya nada volvería a ser como antes, por mucho que, obstinados, lo intentaran. Con todas sus fuerzas.

lunes, 7 de febrero de 2011

Cobarde

El segundero rozó el 61 cuando él decidió cerrar la puerta y los ojos. Sin expectativas más allá de las preconcebidas, con cristales de caucho y sin filo y la boca seca se armó de valor cobarde y le dijo adiós.
-Arrivederci, donna, tienes que tener trampa-pensó.
Acto seguido se dirigió a una administración de lotería.

-Deme usted todos los números, si es tan amable.
-¿Todos los números señor? Le costará una pequeña fortuna.
-Sí usted supiera, señora, lo que es una verdadera fortuna...
-¿Cómo dice?
-Que también incluya la de Navidad, sí no es molestia. 

sábado, 22 de enero de 2011

Defectuoso

Te acercas a mi alma, prometiendo, sincero tú, eternidades.
Te acercas a mi piel, ofreciéndo(me) saliva perecedera mojada en labio efímero.
Me susurras al oído palabras de mentecato, dulzonas, gratas;
y yo solo escucho azúcar.
Te me deslizas por la mejilla convirtiéndote en líquido, 
buscando una comisura que no llega,
que no llegará.

(Porque)

Te acercas a mi mente y no. No me prometes nada. 

jueves, 20 de enero de 2011

Estudio

Entre folios y páginas, entre lápices y equívocos, entre frases destacadas en amarillo chillón que nunca dicen nada; entre, hacia, para, por, según (única preposición tónica del español, cuando aquí lo que hace falta es ginebra). Entre el ser y no ser, entre febrero, junio y septiembre y con dos o tres lavativas de máquina que dicen llamarse café surgen esas preguntas existenciales que solo vienen a tu mente cuando estás sentado más de dos horas. Y entre Edad Media, neogramáticos, alófonos, lavadoras y morfemas que quieren ser lo que nunca podrán ser vienen a tu mente acciones pasadas, recuerdos siempre presentes, memorias eternas, días en los que ganaste todo el tiempo del mundo, pensamientos que te hacen perderlo. El tiempo, jodido tesoro, jodida ambición.

Putos exámenes.

lunes, 17 de enero de 2011

Teatro, vida.

Termina la función. Te secas las pocas lágrimas que has derramado en la última escena y te peinas un poco: el polvo del tercer acto ha tirado una hora de peluquería a la basura (y algo más que eso). Baja el telón y te quedas en el escenario, esperando, con una ilusión sincera que nada tiene que ver con la incertidumbre. No vas al camerino por una razón clara: no tienes. ¿Para qué? El teatro son las tablas, el decorado, las luces, los matices, la realidad de la ficción y la pura falsedad de cualquiera de sus sinónimos.
Esperas. Miras, entre bastidores y cortinas, el patio de butacas. Ves como se marcha ese público carroñero de basura barata, crítico sin juicio y sin límites; ese al que le han regalado la entrada. Te alegras profundamente y te sientas, tranquilo, en el centro del escenario. Esperas. La inquietud comienza a apoderarse de tus piernas y se levantan, nerviosas pero siempre confiadas. Vuelves a echar un vistazo. Los palcos ya están vacíos. En ellos viste, solo unos minutos atrás, a los críticos benevolentes pero sensatos en los que siempre buscaste opinión y consejo. Ves marchar a tu mayor sostén de la mano de cualquier otro y en ese instante piensas. Piensas y no te das cuenta. No eres capaz de encontrar en ti mismo al culpable. No eres capaz de reconocer que esa no es tu mano porque tu no fuiste capaz de ser apoyo y solo fuiste peso, mucho peso. Triste vuelves a tu improvisado asiento, duro y frío, y esperas, aferrado a una esperanza que sabes no existe, a que lleguen esos que han dicho siempre creer en ti, esos que decían tener la palabra amistad como bandera. Desesperado ya, vuelves a asomarte, y los ves marchar, agarrados a otra bandera, afianzados en sus cimientos de hormigón duro y corazones tiernos. 

Es entonces cuando corres a buscar a tu director de escena y entre sollozos, lágrimas, gritos y algún que otro improperio te das cuenta de que lo despediste al cumplir los dieciocho porque pensabas que tú solito podías con todo. Qué inocente fuiste.


domingo, 2 de enero de 2011

MALDITO

Me va a perdonar usted, señor calendario, pero se han acabado sus años, sus fiestas y sus días contados. Adiós le digo a su trivialidad normativizada en números negros y rojos, en hojas blancas rodeada de una línea azul que parece encarcelar treinta periodos de veinticuatro horas de tu vida. Hasta la vista horas, minutos y segundos. Hasta más ver día de la Comunidad Autónoma de Navarra y Epifanía del Señor. Ni un solo año va a volver a acabar por la simple razón de que no empezará, porque no volveré a arrancarte esa hoja tuya en la que pone ¡Feliz año!; sé que no la quieres, pero es toda para ti, en venganza de esa sensación de restrospección que provocas en las pupilas llorosas de toda la familia, pensando en los que faltan y no en los que están por llegar. Odio recordar malos momentos sucedido en un espacio de tiempo absurdo y que se me encoja la barriga porque tu has decidido, maldito, que celebremos que te acabas. Nunca para mí volverás a empezar. Se acabó. A partir de ahora voy a contar mi vida en momentos.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Desarmada

Ahí lo tienes. Toma: mi escudo, mi lanza y mi armadura. Me tienes ante ti, casi desnuda. Indefensa, frágil, tenue. Te clavo las pupilas en la boca. Te lo he dado todo, me he desecho de mi castillo a cambio de solo una respuesta. Ahí me tienes, haz conmigo lo que te plazca. Pregunta, yo responderé. Juega, gime, escupe. Insulta, quiere. Decide o duda. Yo estaré aquí, insegura, esperando ese algo que solo está entre unos anillos sin gravedad. Entre tus dedos.

domingo, 26 de diciembre de 2010

A veces

A veces, y solo a veces, tornan posibles las oportunidades que jamás pudieron serlo. Es entonces, y solo entonces, cuando debemos preguntarnos si queremos lograr como nuestro algo que implica poder no serlo, algo que implica la más plausible inseguridad. Es en ese momento, y solo en ese momento, cuando debemos sopesar si lo que perdemos accediendo a tal posibilidad es mejor que lo que ya tenemos y perderemos. En ese justo instante nos invadirá el peor de los miedos: el miedo al cambio continente de incertidumbre e inconstancia, el miedo a una evolución a la que, paradójicamente, estamos destinados sin remedio. 

Es a veces, entonces, solo a veces, y solo entonces, cuando debemos mandarlo todo al garate y hacer lo que nos suplique, en uno de esos silencios suyos, el alma. Caiga quien caiga.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Maldita divinidad omnipotente

Dios sabe que nunca serán tan felices como cuando los ve juntos en la cafetería, haciendo recíprocas sonrisas reflejadas en retinas plagadas de ilusión, ajenos al mundo y a la lengua, insertos como nunca en la literatura, sumergidos en una de esas tranquilidades sencillas, calmas. 

Dentro de quizá treinta o cuarenta años serán ellos quienes recuerden ese momento, con una sonrisa en la cara y un lamento en  el alma. Porque fue Dios, y no ellos, quien se realizó en la perfección de ese momento, en el calor de ese café. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Funciones vitales

Primero de la ESO, Mario, doce años. Martes, primera hora, clase de biología, o ciencias naturales, o como se llame. Primera lección:
Las funciones de los seres vivos son tres: nutrición, relación y reproducción.
De ahí Mario debía concluir, como el Aristóteles que querían que fuera, que, sí los humanos son seres vivos, las funciones de los humanos son las mismas. Y así lo explicó aquella profesora gorda y sudorosa que en un octubre más caluroso de lo normal intentaba lidiar con una masa ingente de prehormonados. Marío se sentaba en la tercera fila de la case, un lugar discreto para un chico que pasaba siempre desapercibido. Mientras la profesora repetía una y otra vez aquellas tres funciones en el afán fallido de que la repetición se tradujese en alguna de aquellas mentes en memoria, Mario buscaba la página del libro en la que residía aquella frase, encerrada en un cuadro amarillo, -aquello debía ser importante-. La leyó un par de veces: nutrición, relación y reproducción; nutrición, relación y reproducción.

Vinieron a su cabeza, otra vez, aquellas imagenes repetitivas y monótonas que lo perseguían en cada intento de  lúcidez: su hermana acostada en la cama a las doce de la mañana, con las luces apagadas, sollozando; su hermana acostada en la cama a las doce de la noche, con las luces apagadas, sollozando. Por un instante parecía haber encontrado la solución, el razonamiento era tan lógico como simple, pura deducción griega: sí un ser vivo no cumple una de sus funciones vitales dejará de serlo, dejará de estar vivo, puesto que no puede dejar de ser. Perfecto. Tenía la respuesta, la clave. La solución a todo aquello estaba en un mísero libro de primero de ESO, no había más, su hermana solo necesitaba el cariño que ella misma se había quitado a base de soledades y galerías. Pedía a gritos en el silencio más sordo un abrazo, una palabra más allá del grito en el porque, un beso sin segundas intenciones, un polvo con promesas.



Todo aquello se desvaneció unos minutos después, cuando la profesora explicó la función de relación.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La mesa del centro

Lo había pensado fríamente. Delante de un café ardiendo, con dos terrones de inseguridades y unas cuantas cucharadas de palabras dichas sin pensar, inoportunas hasta uno de esos límites que nunca se han escrito. 
Se sentó en una cafetería cualquiera, en la mesa más impersonal de todas: esa que está en el centro y en la que nunca se sienta nadie. Parece que el ser humano prefiere pegarse a las paredes, aferrarse a un elemento tangible, inamovible. Sí, parecía que era eso lo que le había pasado con él, era su tangible, su inamovible, inapelable, inflexivo, siempre estable, y ni el dios que a cualquiera se le ocurra rezar lo podía mover de su trono: él era su príncipe eterno, el siempre futuro rey de sus posesiones, el siempre presente. Pero pasó, la pared se derrumbó, en mil pedazos, ladrillo a ladrillo cada porción de cemento fue cayendo al abismo de los recuerdos  mal guardados y allí se quedó ella, en la mesa del centro, la más impersonal de todas, esa en la que nunca se sienta nadie.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un adiós o un hasta luego

En otro de mis intentos, fallidos y diarios, de dejar de pensarte he comenzado a leer este blog, espacio, página o como quieran llamarlo. En cada uno de los pequeños textos, ahora plagados de errores, me he encontrado a mi misma volviendo a intentarlo, volviendo a quererte, a follarte o a decirte un hasta luego más falso que mi adiós. Te he visto pasar por todos y cada uno de ellos, por sus sustantivos sencillos, por sus adjetivos escasos y simplistas, por sus verbos, redundantes. Te he visto encerrado entre comas sin querer escapar. Te he visto en cada punto y seguido, en cada punto final sin fin.

Comienzo a plantearme dejar, como tú has hecho conmigo, todo esto de lado, comenzar una nueva etapa, una nueva vida, sin tí y sin tu esencia, siempre residente en un abecedario sin z, sin fin, en el más puro ser de la humanidades modernas. Porque fuiste tú quien me enseñó que no saber escribir no significa no hacerlo, que no saber escribir no significa no intentarlo. Me ayudaste a tomar la decisión más importante de mi vida basándome en criterios espirituales, faltos de valor para tantos. Te empeñaste en que cada día de mi vida aprendiera que todos los intentos fallidos de exito conllevan la existencia de un intento exitoso, que se contenía en el significado propio de cada complementario contrario; opuestos destinados a fundirse, decías. Me explicaste todo aquello y yo fingí entenderlo. Me explicaste todo aquello que ahora tú has traicionado, y con razón.